BASTA DE MIEDOS

Meli Forero

 “No cedas al miedo, pues siempre estoy cerca de ti. Nunca apartes tu mirada de mí, porque yo soy tu Dios fiel. Te infundiré mi fuerza y te ayudaré en cada situación. Te abrazaré firmemente con mi victoriosa mano derecha”. Isaías 41:10

Cuando era pequeña me daba cuenta que a mi mamá le daba susto conducir y muchas otras cosas que, a mi parecer, se veían muy fáciles de hacer; esto me llevó  a pensar que yo sí sería una mujer valiente y si podría hacer todo lo que me propusiera. Entre más crezco me doy cuenta que los miedos aparecen cuando te encuentras con tu propia realidad. Especialmete cuando eres tú la que debes dar el paso para que se cumplan tus sueños o tal vez, para fracasar en el intento.

Así como ella, quise aprender a manejar y lo intenté, creyendo que sería algo fácil de hacer, sin retos ni obstáculos en el camino, pero, como todos los que manejan saben, los primeros días que cogí el carro me generaron más sustos que alegrías.

El peor día fue, cuando decidí no volver a coger el carro, fue cuando precisamente tenía que llevar a mi mamá a dar un paseo y sus miedos superaron la mínima confianza que aún yo tenía de mí misma. Ese fue el primer espejo que se presentó en mi vida para revelar el cúmulo de miedos que podía tener dentro de mí y que conocería muy pronto. Sé que puede sonar un poco exagerado o una situación para nada complicada para algunas personas, pero en mí hubo un antes y un después de mi experiencia al manejar.

Comencé a darme cuenta que tomar decisiones, no importa lo importante que fuera, era muy complicado para mí pues podría estarme equivocando; me daba susto intentar algo nuevo o apuntarme a algún reto que requiriera en lo más mínimo una caída o un intento fallido; en general, en mí surgió el miedo a fallar, a fracasar. Creía que no podría y eso me llevaría a desilusionarme a mí misma y a los que están a mi alrededor, porque simplemente no lo logré o tuve imprevistos en el camino que no pude solucionar. Esto afectó absurdamente mi forma de soñar en grande y mi confianza tanto en mí como en Dios. Siempre que pretendía dar un paso debía ser en un terreno completamente conocido para mí y en el que pudiera controlar que nada se saliera de control o fallara y, aún cuando en medio de mis temores Dios me ha sorprendido en cada momento, ese miedo me ha acompañado por bastante tiempo. 

Hace un año me casé y comencé una nueva etapa de mi vida con un hombre magnífico que ha creído siempre en mí y, por otro lado, muy independiente, acostumbrado a tomar decisiones y no mirar para atrás. Un día, estando en Estados Unidos, debíamos rentar un carro, él sin pensarlo dos veces hizo todo el proceso y en dos horas yo estaba sentada frente al timón en una camioneta 4×4 lista para coger una autopista por primera vez en mi vida y con un tiempo límite para llegar a nuestro destino. Imaginarán lo chocante y estresante que fue ese momento para mí, pues en menos de dos segundos tuve que decirle a mi miedo: sí puedo, lo voy a lograr, todo va a estar bien. Fueron cuarenta minutos manejando, tratando de entender las salidas y puentes sin perderme; cuarenta minutos orando para que Dios fuera El que manejara el carro y no tuviéramos un accidente por mi manojo de nervios. 

Finalmente lo logramos, ¡llegamos a salvo! Mi esposo se bajó primero y yo me quedé un rato en el carro, mientras desahogaba las tantas emociones encontradas que tenía en ese momento. En medio de todo ese caos interno, Dios apareció en la escena, justo donde empezaron mis miedos, a abrazarme y a decirme que El era más grande que todos los obstáculos que se pudieran encontrar en el camino, más grande que mis miedos, más grande que la expectativa de las personas, más grande que mi fracaso o algunos raspones que pueda hacerme en el proceso, más grande que lo que otras personas pudieran pensar de mí y más grande que incluso mi desconfianza en mí misma. Me recordó que esa confianza que tenía antes en que todo podía ser posible y que yo podía ser una mujer valiente porque El estaba en el cuadro, porque era mi motor, el papá que va detrás en la bicicleta mientras aprendes y el que te recoge cuando te caes, el que te vuelve a sentar en la silla para que lo sigas intentando y confía en que lo vas a lograr, el que celebra contigo cuando por fin puedes andar sola y el que está orgulloso de ti, aún cuando no salgan las cosas bien.

Así que poco a poco volvieron a aparecer los sueños locos, los “que pasaría si…”, los retos y los caminos, pero con ellos también los obstáculos, los raspones y alguna que otra llorada. Todo este año ha sido una montaña rusa entre sueños, golpes, yo volviendo a mi tendencia de tener el control y Dios entrando en la escena mostrándome que confiando en E es que podré dar el siguiente paso. Ha sido un proceso interesante, hay momentos en que, confieso, no quisiera vivirlo pues requiere de cambio y ruptura de paradigmas tanto de Dios como de mí y no es tan fácil, pero lo mejor de todo es poder descansar en El. Cuando el miedo es el que está en control, mis días se llenan de estrés y frustración, pero cuando mi confianza está en Dios es E ell que manda, puedo estar tranquila pase lo que pase, mi reacción ante las situaciones es mucho más equilibrada pero, sobre todo, creo en mí. Creo en los dones que Dios puso en mis manos y que, siendo su hija, puedo arriesgarme sabiendo que El confía en mí y que su amor y orgullo por mí es el mismo aún cuando me equivoque.  

Muy seguramente en este momento del año habrás pasado por momentos en que los miedos hacia el futuro, a la falta de dinero, a perder tu trabajo o a no conseguir uno nuevo, o hacia alguna situación en particular toman el control de tu vida, de tu mente, de tus emociones y de tu estabilidad, créeme, te entiendo perfectamente. Pero hay una buena noticia, Dios cada día aparece en la escena, recordándonos de mil maneras que El tiene el control y que no debemos temer, porque El está con nosotras, así como dice en Isaías 41:10 (versión The Passion):

No cedas al miedo, pues siempre estoy cerca de ti. Nunca apartes tu mirada de mí, porque yo soy tu Dios fiel. Te infundiré mi fuerza y te ayudaré en cada situación. Te abrazaré firmemente con mi victoriosa mano derecha”.

Creo personalmente que es natural tener miedo, es algo por lo que todas pasamos en algún momento, pero como bien dice ese versículo, no debemos ceder a esos miedos, debemos ponerlo en una balanza con Dios para saber que El que nos cuida siempre. Dios es más fuerte y siempre está con nosotras, lo único que tenemos que hacer es orar, entregarle todas esas preocupaciones y miedos que nos apagan y descansar en Su paz, como dice en Filipenses 4:6-7:

No te preocupes por nada. Ora a lo largo de cada día, ofreciendo tus peticiones llenas de fe ante Dios con una gratitud desbordante. Dile cada detalle de tu vida, luego la maravillosa paz de Dios, que trasciende el entendimiento humano, te hará conocer las respuestas a través de Jesús

Mi reto en este tiempo es soñar, hacer todo lo que esté a mi alcance por lograr esos sueños aún con los “peros” que pueda encontrar pero sobre todo. Tener un momento de mi día con Dios para conocerlo más y así, conocer más sobre mi propósito, los planes de El para mí, que son aún mejores de los que yo tengo en mente y fortalecer la confianza en mí misma, entendiendo que El irá delante de mí, tomará mi mano y me dará la fuerza para cada reto y etapa de la vida (Deuteronomio 31:8). ¿Te gustaría unirte a mi reto?

Leave a Comment